Un cuento: narración entorno a la lotería

Vamos a soñar un poco. Los sueños son la tela con la que se fabrican los proyectos y de los proyectos nacen las mejores realidades. Todos tenemos sueños: los padres de familia que sueñan con comprar una casa para poder vivir tranquilos con sus hijos, el joven recién graduado de la Universidad que sueña con empezar su propia empresa, o la artesana experimentada en la venta directa que sueña con tener una tienda desde la que pueda distribuir sus productos a todo el mundo. Sueños.

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En esta ocasión, tomemos la idea de las ilusiones, las metas que colocamos en las nubes y démonos un tiempo en una historia cotidiana, sencilla y de esas que podríamos encontrar tantas veces si tomásemos el tiempo de hablar con las personas que nos cruzamos en el trabajo, en la escuela, en el día a día…

Rituales que se convierten en sueños

El simple hecho de comprar un billete de lotería puede ser el desencadenante para convertir un sueño en proyecto, y de ahí… ¿por qué no en realidad? Así empieza la historia de Raúl, que desde muy joven, cuando dejó la carrera de Derecho porque tenía que ayudar a su madre viuda con la manutención de sus 4 hermanos menores, empezó a comprar de forma casi religiosa un décimo de lotería todas las semanas. “Por si acaso ésta es la buena”. “Para darle suerte a mi billetera”. “Porque soy alguien que cree que los milagros suceden”.
Raúl soñaba con terminar sus estudios, con ser futbolista profesional, con aprender a dibujar como lo hacía su padre o su único hermano mayor. Raúl empezó a trabajar, casi sin querer como periodista deportivo, un sustituto para su ideal tan anhelado de ser deportista de primer nivel.
Se casó joven, con la única y primera novia, la que había estado con él en la escuela y que pertenecía a su mismo grupo de amigos. Como periodista deportivo conoció y se hizo amigo de muchos futbolistas y otros deportistas. Viajó a mundiales de futbol reportando por teléfono. Encargando a su madre, justo antes de irse, que siguiera comprando su billete semanal.
Trabajó enfermo. Se convirtió en padre de familia. Con tres hijas para mantener, recortaba un poco el presupuesto acá y allá para poder seguir manteniendo su ritual semanal de soñar vía un billete de lotería.

El tiempo pasa, el sueño permanece

La rutina se asienta en la vida de nuestro personaje. Raúl va todos los días al trabajo, como lo hacemos todos. Se levanta temprano, da un beso en la frente de sus hijas dormidas. Se despide de una esposa que ya no es la novia de su juventud, pero que tampoco es una compañera. Es una presencia cotidiana. El trabajo lo absorbe, pero al menos es algo que le gusta hacer. Aún recuerda su juventud, antes de que su papá muriera y que él iba a los entrenamientos de futbol y soñaba con ser profesional. Jugaba muy bien. Sus hermanos iban a alentarlo. Ahora esos recuerdos se están empezando a difuminar con la cotidianidad.
Los días se acumulan uno tras otro. El trabajo, los pagos, el salario, las deudas. Las reuniones, el tiempo en el coche de camino al trabajo. Y luego llega el viernes, un café con los amigos y de regreso a casa, pasar por la administración de lotería. Comprar un décimo. Nutrir el sueño de antaño, mantenerlo vivo, seguir pensando que de un golpe de suerte, las cosas podrían ser diferentes.
En la vida diaria, no son muchas las oportunidades de soñar despiertos que podemos tener. De evadirnos de las responsabilidades y hacer una pausa de ilusión, por absurda que ésta sea. Raúl la mantiene con ese sencillo gesto, alimentando una lucecita de esperanza que lo mantiene caminando en una vida que se muestra áspera, repetitiva, dura. ¿Cuánto tiempo una persona puede mantenerse positiva ante el gris de la cotidianidad?

Cambio de vida, ilusiones tardías

Después de años de una vida que él siente gris y repetitiva, Raúl se siente agotado. Enfermo y con miedo de morir de un infarto al igual que su padre. Visita con frecuencia al médico, no habla con su esposa. Sus hijas han crecido, estudian, empiezan a forjar sus propias vidas. Y la vida sigue, y el brillo se extingue. Un día decide que es momento de dejar de mentirse e intenta hablar con su esposa. Descubre que para su sorpresa, ella se siente igual. Aburrida, encerrada en la monotonía de la vida diaria. No tienen entre ellos sentimientos negativos, pero lejos están de sentir amor o pasión alguna. Tienen tres hijas en común, pero ha pasado tanto tiempo desde que permitieron que esa vida gris se apoderara de ellos, que ya no encuentran camino de salida.
Deciden separarse. Afortunadamente, incluso sus hijas parecían esperar algo así y felicitan a sus padres por animarse a tomar un respiro y quizá iniciar una vida nueva. Raúl decide aprovechar y cambiar de empleo. Empieza a trabajar en algo diferente: formación editorial de nuevos periodistas. Retoma entrenamientos, ésta vez para adultos, de futbol. Y extrañamente, casi sin querer, conoce a una nueva persona con quien quiere compartir su vida. A los cincuenta años, se da cuenta que quizá se ha mentido mucho tiempo y que había escondido sus ilusiones por demasiados e incontables días. Que lo único que mantenía esa pequeña luz encendida dentro de su corazón era aferrarse a las ilusiones del pasado: a sus estudios, al deporte, a la pasión con la que enfrentaba la vida cuando era joven. ¿Ese pequeño ritual del décimo de lotería ayudó todo este tiempo? Quizá.

Una recompensa que tarda en llegar

Dos hijas después con su nueva pareja, y justo el día que ha decidido retomar sus estudios a la edad de sesenta años pasa lo que Raúl ya no creía que pasaría. Al revisar, más por hábito que por creer que algo realmente va a suceder, los resultados de la lotería (ahora lo hace online como le ha enseñado su hija de nueve años), descubre con azoro que ganó. Él. Más de cuarenta años después de comprar su billete puntualmente todos los viernes. Ganó el premio. El gordo del sorteo. Y sonríe.
Sonríe por los sueños que se fueron y este premio que llega muy tarde para algunos de ellos. Piensa en su madre que murió hace años y a la cual por más que trabajó y ayudó, no pudo comprar una casa grande, con un jardín. En sus hermanos, que tuvieron que estudiar carreras cortas porque el dinero no abundaba. En tantos días pasados en el trabajo monótono y repetitivo.
Pero no está enojado. El premio tardó en llegar: pero llegó. Ahí está su billete ganador. Ahí está la apuesta que al final, resultó ganadora. Y piensa que en cierta medida quizá era él el que bloqueaba ese premio. Él con su resignación. Él obstruyendo en alguna forma la felicidad de su esposa y de sus hijas con su sonrisa a medias tinta y su felicidad en tonos grises.
Este premio llega en el mejor momento. Recompensa el valor que tuvo de enfrentar su vida, tomar un giro diferente y cambiarla. Le permite ayudar a sus hijas mayores en sus emprendimientos profesionales. Saldar esa antigua hipoteca por la casa en que viviera su primer matrimonio y permitir que su ex esposa la conserve. Le da la oportunidad también de comprar esa casa con jardín con la que soñaba su madre y que ahora disfrutarán esas nietas tardías que ya no conoció. Y le da un empujón inesperado para culminar sus estudios. Abogado a los sesenta y pico de años. Pleno, lleno de vida. Convencido de que nunca es tarde para perseguir esos sueños que guardamos dentro de lo más profundo de nuestro corazón.
Y aún después de todos estos años, tras haber ganado el premio que tanto soñaba, sigue pasando, todos los viernes, a comprar ese décimo de lotería que le permitió guardar esas ilusiones y mantenerlas vivas. De la mano de sus hijas, recordando con amor a sus padres que ya no están, sonriendo a la vida al haber llegado a la tercera edad cargado de energía e ilusiones. Recordando los sueños que nunca enterró y que le permitieron recobrar la alegría de vivir.

El sueño puede ser de todos

La historia de Raúl es tan real como la de muchísimas personas que pasan cotidianamente por una pequeña administración de loterías o que muy ad hoc con la modernidad, compran su número cada semana por internet.
Es la historia de muchas personas que sueñan: que se aferran a sus ilusiones de juventud, que no las dejan escapar. No queremos implicar que sólo las personas que compran un billete de lotería de forma regular puedan mantener ese sueño con vida. Más bien es el hecho de hacer una especie de apuesta con la vida e irla renovando lo que hace de este ritual algo tan especial. Existen otros hábitos y costumbres que de igual forma permiten nutrir esos sueños internos, pero nosotros en Loterías Valdés conocemos muchos Raúles que han visto cristalizarse sus sueños gracias a su constancia, a su empeño de continuar teniendo fe en aquellas ilusiones que acariciaban en su niñez.
Raúl y todos los que como él nos otorgan la confianza de hacer de la compra de un billete de lotería su ritual de buena suerte, de confianza en sus sueños pasados y futuros, son los que motivaron hoy esta historia que muestra que las pequeñas historias de todos los días son a veces las que nos inspiran y nos empujan a seguir adelante.
El sueño de mejorar la vida, de perseguir metas que parecen inalcanzables, de pagar deudas antiguas, de dar obsequios memorables, de ayudar a quienes más queremos, de apoyar a nuestros amigos: todo ello cabe en un billete de lotería. Hay quienes se refugian en el trabajo, en la fe, en la participación asociativa. Desde aquí un enorme gracias a quienes nos permiten cuidar de sus sueños con nuestro pequeño grano de arena.
¿Cuáles son las formas en las que tú cuidas de tus sueños? ¿Cómo mantienes encendida la vela de las ilusiones que nutrían tus esperanzas cuando eras más joven o quizá un niño? No dudes en compartirlo con nosotros. Todos soñamos y todos apostamos, de una forma o de otra, por la vida.

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